Dos hombres abrazan a sus novias en un bar de Miraflores. Yo no abrazo a nadie, pero les cuento que tengo Tinder, una aplicación que facilita los encuentros casuales. Casualmente, puedes hacer amigos, fungir de guía turística impaga de extranjeros, conocer a una o varias parejas o simplemente disfrutar el morbo de saber cuántas personas harían ‘match’ contigo y guardar la cifra en algún rincón de tu autoestima. Pero, principalmente, es una aplicación para tener sexo exprés.

En Tinder, encuentro a Jean, de 25 años. En el espacio de la descripción, donde yo he escrito un escueto “Periodista”, Jean decidió que “Sé tu propio maestro, cree en ti, duda del resto” era una buena elección. “Un hombre resuelto”, dirán algunas. “Un tipo desconfiado y enigmático”, dirán otras. “¡Qué ridículo!”, exclamo yo.

Eleea, un canadiense de 33 años que anda viajando por el Perú, elabora una descripción más larga, donde cuenta en inglés que no es “el hombre promedio en busca de aventuras. Todavía soy un romántico empedernido y con la esperanza de encantar a solo una de ustedes”. Un romántico empedernido que busca el amor en una aplicación utilizada para tener sexo. Una víctima de afecto, cantaría Roberto Blades. Sin embargo, es cierto que existen quienes han buscado y hallado el amor –o algo así- a través de Tinder.

Mauricio, por su parte, cuenta que es personal trainer, atleta y asesor deportivo. En las fotos destaca su abdomen color madera. “1.90 cm, 95 kg.”, especifica. Le doy un solitario “Me gusta”, que no es correspondido.

Usar Tinder es fácil. Luego de descargar la aplicación y anexarla a tu cuenta de Facebook, eliges las fotos que los demás usuarios podrán ver para decidirse a darte ‘Me Gusta’. Como en las entrevistas de trabajo, la primera impresión es la que cuenta.

El temor al rechazo queda parcialmente excluido; el cuerpo de tu deseo sabrá que lo es siempre y cuando él (o ella) también te dé “Me Gusta”. Y si te sientes muy atraída como para aguardar un posible no, le das “Súper like” (un “super me gusta”). Así sabrá que tú, Milagros, José o Lorena, no tendrías problema en conocerlo o pasar la noche con él.

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En lugar de la típica fotografía sonriente o semidesnudo, Pablo ha decidido colocar una imagen donde destaca una frase corta. Leo: “Ayuda económica a chicas. Respeto, seguridad, discreción. Soy un chico amable de 25 años. Limpio y educado”. Le doy “Me Gusta” y me escribe solícito: “Hola, ofrezco ayuda económica a cambio de intimidad, en caso estuviera interesada me avisa. Muchas gracias”. Le comunico mi interés, pero su respuesta me desalienta. No soy rica, sin embargo, 100 soles me parece muy poco para incursionar en cualquier trabajo, incluido el sexual. Además, podría tratarse de una red de trata de mujeres. O no. Pero no tengo intención de averiguarlo.

Luego de Pedro, aparece Mario. Tiene 24 años y, en lugar de escribir sus intereses, ha compartido un poema de su autoría que empieza así: “Cuando todo acabó/ entonces empezó todo/ de una manera extraña/ se convirtió en extraño”. Es un tipo atractivo al que le daría “Me Gusta”, pero en protesta ante tremenda falta de respeto a la poesía he decidido presionar la X, que es la opción del rechazo. El “no gracias” de los amantes pasajeros.

Al fin llego a la parte que realmente me interesa. Tríos, se llama. En la imagen, claramente extraída de Google, dos mujeres rubias besan a un hombre. En la descripción, aclaran que “ellos postulan, ellas disfrutan, danos <3 y pregunta. Tríos conecta a 3 personas de mente abierta para que coordinen en privado un encuentro. Ser discretos con nuestros miembros es lo más importante para nosotros. Filtro súper estricto. Requisitos: SOLO 18+, buen cuerpo, linda cara”.

A los pocos minutos recibo un mensaje de acogida. “¡Felicitaciones por pasar el primer filtro! ¿Si estás interesada en probar un trío quieres que te cuente cómo funciona?” Respondo que sí, pero mi entusiasmo se esfuma cuando me entero que los tríos son, únicamente, de mujer-hombre-mujer. Mi fantasía de hombre-Milagros-hombre tendrá que seguir esperando.

En medio del poeta de oropel, el fisicoculturista que no me desea y una frustrada incursión en el trabajo sexual, conozco a Susmith, un hindú que pasará los próximos tres meses en Lima. Un hombre trigueño de 29 años, dulcemente pálido y de ojos enormes al que no le entiendo ni una palabra. Un tipo árabe hincha del Manchester United y de Valentino Rossi. Un musulmán que luego tendré al frente y que con una cerveza en la mano dirá, en un castellano confuso matizado por risas:

-Qué linda eres. El hombre del hotel me dijo que diga eso. ¿Sabes qué significa exactamente?

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¿Es Tinder la democracia del sexo hecha aplicación? ¿En él, los prejuicios han sido desterrados? ¿Se trata de una libertad artificial? ¿Quiénes buscan placer? ¿Quiénes buscan amor? ¿Cómo lograrían entenderse ambos? Es necesario sospechar. Si el mundo real es hostil, ¿por qué Tinder no lo sería?

Malú Machuca Rose es socióloga y coordinadora general del colectivo No Tengo Miedo. Para ella, en un país donde las mujeres corren permanente riesgo, Tinder puede significar una posibilidad de experimentar otras maneras más seguras de aproximarnos al placer. “En una negociación erótica virtual tú no puedes salir embarazada, no pueden herirte, no pueden violarte, no pueden matarte. Lo máximo que pueden hacer es insultarte, afectarte psicológicamente, pero eso es todo. Siempre he creído que, a pesar de que pueda encontrarme con miles de experiencias sexuales negativas, ontológicamente la sexualidad tiene el potencial de transformar y de curarte cuando tú la utilizas como un espacio en el que puedes explorar”, dice ella.

En Tinder, el sexo no incluye, necesariamente, encuentros físicos. Hay quienes prefieren una dosis de sexo virtual; fácil, rápido y económico. Snapchat, la aplicación que permite grabar vídeos breves que se eliminan tras 24 horas, es un aliado estratégico para los usuarios de Tinder. WhatsApp también lo es. “Lo que más me gusta”, dirá Malú, “es decirle a esa persona que conocí por Tinder que me hable por Snapchat, y luego tener sexo por Snapchat. Me encanta, me erotiza, me satisface y nunca necesito ver a la otra persona, porque ya obtuve lo que necesitaba. No me apunto al trámite de ir a tantear y perder mi tiempo”.

tinder

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Conocer a alguien por Tinder puede ser una oportunidad, pero también un riesgo. En el Reino Unido, se ha incrementado el número de delitos que implican el uso de páginas y aplicaciones de citas como Tinder o Grindr (el Tinder para gays). Mientras que durante el 2013 se realizaron 55 denuncias en Inglaterra y Gales relacionadas a estas aplicaciones, en el 2014 el número de acusaciones ascendió a 204. Y en 2015, hasta el mes de octubre, la cifra era 412 entre denuncias por violencia o agresión sexual, también a menores de edad. Los delitos sexuales o violentos fueron los más denunciados, con 253 alegaciones de violencia y 152 informes de violencia sexual y acoso a menores, facilitado por la temprana edad mínima exigida para registrarse en la aplicación de citas; 13 años. Para frenar los cuestionamientos, la responsable de comunicación de Tinder, Rossette Pambakian, anunció que a partir de la quincena de junio eliminarían a todos los usuarios menores de 18 años. Ahora, la mayoría de edad es un requisito para acceder a la aplicación.

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Al otro lado del celular, está Alberto, un hombre heterosexual de 22 años. Él estudia, trabaja, tiene un perro y se divierte editando videos. Su encanto –sospecho- reside en una apatía aprendida que encanta a algunas mujeres.

Aunque las fotografías pueden mostrarnos el aspecto físico de la persona y la descripción nos aproxima a sus intereses, es insuficiente. Alberto lo entendió con Abril, y lo reafirmó con Lucía. “Abril es una chica que vivía por mi casa. Fue bien raro el asunto. De hecho, luego de conocerla por Tinder le dije que venga a ver una película. Ella me dijo para cocinar y yo le dije que ya, y trajo un tupper con una pechuga de pollo. También trajo arroz y papa. Al final hicimos arroz con papa y pollo”. Le pregunto si le gustó la comida.
“Yo solo quería tirar, oye”.

Con Lucía quedaron en ir al cine. Compartir un momento juntos, conocerse y luego, quizá, tener sexo. “Pero no pasó nada porque me desanimó un montón. En WhatsApp y en Tinder era otra cosa. Era súper habladora. ¡En persona era una parca, una odiosa!”.

En lugar de la típica fotografía sonriente o semidesnudo, Pablo ha decidido colocar una imagen donde destaca una frase corta. Leo: “Ayuda económica a chicas. Respeto, seguridad, discreción. Soy un chico amable de 25 años. Limpio y educado”. Le doy “Me Gusta” y me responde.

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En el 2015, una mujer autodenominada “Tinderella anónima” escribió en un concurrido blog peruano seis tips para personas de 30 años a las que les urge encontrar pareja. Para ella, Tinder es la salvación a una soltería que vive como penitencia. “Miente en las fotos. Todas mienten, si no quieres usar filtros photoshop o fotos de hace 7 años estarás en seria desventaja frente a las chibolas de piel tersa. Luego, cuando ya lo tengas en tu casa, él se resignará a un par de kilos y arrugas extra”, recomienda.

En mayo, Eugenia Trincado decidió empapelar el barrio de Palermo, en Buenos Aires, Argentina, con sentidos mensajes de perdón. ¿A quién? A Luis, un hombre con el que conversó por Tinder durante menos de un mes. Eugenia cuenta que “esperábamos ansiosos los horarios en los que sabíamos que hablábamos”. Agrega acaso sabiéndose juzgada: “Sé que fue muy poco tiempo, pero me hizo sentir muchas cosas lindas, me hacía sentir especial”. A Luis le incomodó un comentario que la joven realizó y, tajante, decidió bloquearla, eliminarla y desaparecer de su vida. Ella, en cambio, lo buscó desesperada para pedirle perdón. “Hace dos sábados dije algo que le molestó y me eliminó, con lo cual perdí el contacto con él, ya que no tenía su celular, ni su Facebook”, se lamentaba.

En la búsqueda desesperada del amor, hay quienes actúan con angustia y ansiedad, y trasladan esas emociones al mundo virtual. Mariel Távara, psicóloga especialista en temas de género, ensaya una respuesta: “Yo creo que una tiene que dejar de idealizar el amor y el deseo de enamorarse. A las mujeres nos han hecho creer que nos gusta estar enamoradas. Pero además enamoradas de la imagen de un hombre de determinadas características”.

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Recuerdo a uno de los hombres del bar. Luego de escucharme decir que era una usuaria de Tinder, él miró a su novia y levantó las cejas. Tenía la expresión de un padre cómplice que reprende a su hijo sólo para que su esposa no lo rete. A la semana siguiente –paradojas de una clase media limeña endogámica-, hicimos match en Tinder. El amor es simple –escucho la voz de Chavela Vargas- y a las cosas simples las devora el tiempo.

Tinder no tiene pretensiones; solo exige un dedo ágil que dé Me Gusta. “¿Por qué mejor no vas a un bar a conocer gente?”, me preguntan los guardianes de las formas tradicionales de ligar. “¿Eres promiscua?”, me siguen preguntando. “¿Acaso estás tan desesperada?”, continúan. Las respuestas serían: a). También ligo en bares, b). sí y c). no.

En Tinder, hay un pacto de claridad. Todos sabemos para qué nos hemos descargado la aplicación: ¿Para hacer amigos? Ya tengo, y un montón. ¿Para llorar en dúo por las injusticias del mundo? Casi, pero no. ¿Para buscar novio o novia? Imposible. ¿Para tener sexo? Evidentemente.

En el amor soy como el músico de Saint-Merry, de Apollinaire, un hombre sin ojos, sin nariz y sin orejas. El amor no llega y es un error buscarlo. O lo tienes y lo compartes, o vives de los resquicios que deja el grupo de los que lo poseen. “Procurar dolor es para el amante”, canta Sarah en “De nuevo, el amor”, novela de Doris Lessing. “Un amigo a un amigo no traiciona”, eleva.

Procurar dolor. En Tinder esa alternativa desaparece. Desaparece lo malo y también lo bueno. La ansiedad, el dolor, el miedo. Las expectativas, la dicha, la ternura. Pero en ocasiones el cuerpo es menos exigente de lo que creemos. El cuerpo no necesita de amor para sentir, ni las piernas urgen de ternura para despertarse.

“Yo creo que las mujeres, como siempre, decimos menos que queremos estar con alguien solo por placer, y los hombres tienen esa posibilidad abierta”, cuenta Mariel. “Creo que hay muchas chicas que usan el Tinder buscando sexo, al igual que los hombres. Sin embargo, en un primer momento, por un tema de estereotipos, no lo van a manifestar o no lo van a reconocer.”

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La última mujer con la que Alberto hizo ‘match’ se llama Jimena. Es pequeña, tiene la nariz respingada y el cabello corto.

Hace poco Alberto le dijo:
– Me gustas un poco.
-Tú también me gustas un poco, respondió.
– Nos gustamos, ¿dices?
Y ella rió.

Desde hace un mes son enamorados. Comparten el amor por el ron, la coca y Cuchillazo.

Alberto ya cerró su cuenta de Tinder.

Yo, en cambio, hace poco la he reactivado. En Tinder, menos mal, el sexo es coital: terminas y te vas. Parafraseando al escritor Oswaldo Reynoso, tal vez algún día encuentre un corazón a la altura de mi inocencia. Quizá lo halle al interior de un bar, en un parque o en una feria. Le diré que no lo estuve esperando pero que me alegra tenerlo cerca. Brindaré en nombre de todos los fantasmas que me amaron y recordaré con nostalgia a quienes les mezquiné afecto. Mientras tanto, siempre nos quedará París. Y Tinder.

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