Voy a conciertos de rock desde los 13 años. Desde entonces bajaba a Jirón Quilca, a comprar mis discos de rock peruano ‘caleta’, mis primeros morrales, parches y las demás chucherías que podía encontrar en el boulevard. Y cuando iba, a veces me sentía observada porque, claro, era a raro ver por ahí a una chiquilla sola y carente aún de ciudadanía, que jugaba a ser punk con sus medias a rayas estiradas hasta las rodillas.

Pero una tenía que ir o tenía que ir. Quilca era y es un lugar de obligatorio recorrido para todo rocker en Lima. No tenía miedo. Al contrario, el lugar me generaba una confianza y una sensación de libertad que no encontraba en mi casa, en un hogar de padre militar y madre ultra-católica, o en mi barrio, donde nunca faltaba un comentario o mirada por cómo ibas vestida.

En Quilca, en cambio, podía ver a los anarcopunks con los pelos más variopintos, a los borrachos tirados en las aceras en un rincón del jirón charlando sobre música o sobre el concierto de la noche pasada, o a los intelectuales o estudiantes buscando libros para sus trabajos. Todos en un mismo lugar, en coexistencia.

El punk rock de mi generación me gustaba porque era música libre, que no tenía límites, ni para hablar de amor, ni para hablar de política. Lo primero lo podía escuchar en cualquier rock radial, pero lo segundo solo se podía escuchar en la escena independiente. Y yo, prefería quedarme en esta última.

Lo que más me llamaba la atención al ir a los conciertos, era que los mismos músicos que tocaban en el escenario, en un rato, aparecían al costado de una, así, entre el público. Cuando lo que veía en el televisor era que por un lado estén los rockstars, y por otro, la cola de fans gritando y sufriendo por tocarlos o conocerlos. Pero aquí no ocurría eso. Nadie era más ni menos por ser músico o estar sobre una tarima. Luego bajaban y eran uno más del resto. Era la sensación más horizontal que había sentido en mi vida.

Pero… ¿era horizontal también si hablamos de género? ¿Qué pasaba cuando las que cantaban o tocaban eran mujeres? ¿Qué ocurría con el público femenino? ¿Las chicas se metían al pogo? ¿Iban solas o acompañadas?

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Antes, en los 80, las poquísimas chicas que había en los conciertos limeños subtes solían ser las enamoradas de los músicos de las bandas. Y de las cantantes mujeres rockeras, la más conocida de la movida subterránea fue María T-ta, vocalista de la banda: ‘María T-ta y El Empujón Brutal’.

Era una cantante subte de los 80 a la que le tiraban cosas y escupían en los conciertos. Lo que hacía era, en sus palabras, ‘chongo-rock-teatral’, con canciones “interpretadas por los personajes femeninos caducos, caricaturizándolos y ridiculizándolos al máximos para que así haya un cuestionamiento de las chicas, para que haya una reacción de parte del público”, decía.

Era muy buena como show-woman, con su toque sarcástico, humorístico y cuestionador social, pero no tenía talento musical a decir de algunos subtes varones. Y qué importaba si sabía o no tocar la guitarra, si de eso se trata el rock subte.

En los años 90, se podían ver algunas chicas más en las bandas de rock en Lima. Pero, al inicio, no necesariamente como front woman de sus grupos. Tocaban la pandereta, acompañaban en los teclados, o hacían los coros. Esas funciones cubrían, por ejemplo, Johanna San Miguel en los inicios de La Liga del Sueño y las chicas Phoebe, Claudia y Rocío en Mar de Copas. Ambas bandas de pop rock.

A fines de la década ya podemos ver a chicas liderando bandas. Destacaron, por ejemplo: Madre Matilda, banda de pop-rock con un disco firmado por Sony Music y con algunas canciones con rotación en medios nacionales y MTV; o Metadona, recordada banda de influencias punk y grunge noventeras. Su vocalista continuaría liderando bandas a inicios del siglo siguiente.

¿Algo estaba cambiando?

En la escena de los 2000, que es la que me ha tocado vivir de cerca, he visto a chicas talentosísimas encabezando bandas de rock. Dos de mis favoritas: Sandra Requena de ‘Atómica’ y Claudia Maúrtua de ‘Ni Voz Ni Voto’.

“La experiencia de ser integrante mujer se nota más en vivo. Se nota el calor de la gente que es distinto a que si fuera un cantante hombre. Se expresan diferente… en el buen sentido y en el mal sentido. Pero felizmente yo he tenido buenas experiencias con el público“, decía Claudia Maúrtua

Por otro lado, Área 7, una banda de rock pesado conformada por mujeres, era calificado, por algunos, de ‘posero’ por sus sus llamativos looks. Varias veces les han lanzado insultos feroces en vivo y mucho más en redes sociales. Cuando Slipknot tocó en Lima el año pasado, se eligió a Área 7 como banda telonera del show, y de inmediato surgieron comentarios de todo calibre: cuestionando su talento, comentarios sexistas y hasta amenzadores.

“Nos amenazaban con violarnos, tirarnos pichi, pegarnos”, dijo Diana Foronda, la vocalista de la banda, a El Comercio tras días después anunciar que ya no serían parte de ese show para evitar recibir más violencia verbal o física. El comunicado se difundió en varios diarios locales.

Si nos gusta o no musicalmente su banda, lo podemos discutir.

Pero no podemos debatir si el rock es o no un espacio para mujeres. Y un show no debería cancelarse por temor a que sus integrantes puedan ser violentadas. Ese argumento no debería tener pie, pero lamentablemente el temor era real. Una pena, mucha rabia.

La escena debería ser, así con esa obligatoriedad, también un espacio para más mujeres.

El rocanrol no tiene sexo.

 

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¿Y qué hay del público femenino en los conciertos de rock? En los 2000, nunca me he sentido la única o una de las pocas mujeres que asisten a estos eventos. Siempre había una veintena como yo, si era un local chico, o fácil más de una centena en los festivales medianos. Casi siempre entre amigas, como parte de las komunas o acompañando a sus enamorados. Pocas iban solas.

Si bien muchas veces he ido con amigas, varias veces también he bajado sola a los conciertos. “¿Qué tiene de raro? ¿Habría algo que temer?”, me decía mi yo punk interior que quería sentirse empoderada frente a los prejuicios del tipo ‘esa música es muy ruda y es para hombres’, ‘te pueden pegar en los pogos’, ‘esos conciertos se dan en lugares peligrosos’. Personalmente, nunca he sentido miedo en ningún concierto de rock, ni por la gente, ni por el lugar, y menos por el pogo. O fácil lo he superado sin darme cuenta.

Me gustaría que más chicas puedan ir a conciertas solas cuando así lo quieran. Y me gustaría también que no sientan temor ni en el pogo ni de irse solas a las salidas de los conciertos. Pero no todas corremos la misma suerte de salir ilesas en ambos casos.

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El pogo es, cuando los sonidos más ‘jarcors’ lo ameritan, casi un deporte extremo. Si te metes, sentirás una adrenalina al tope, y probablemente te dejen algunos moretones en las piernas o brazos dependiendo de la intensidad de los involucrados. Pero nadie te va a tirar un puñete que te apunte directamente a la cara. Si alguien se cae, siempre hay alguien que lo levanta. Así de simple. Es la ley del punk. Todos dan, todos reciben. Todos y todas.

Lo hermosamente raro y nuevo es que últimamente he visto algunos pogos femeninos, solo de chicas. Los he visto en los bordes de los pogos mayores o en otras partes del público. No se trata de fuerzas menores, ni de menos adrenalina, de ninguna manera. Son como pequeños espacios que se van construyendo, tal vez porque se genera una mayor confianza de género. Tal vez porque son necesarios. Ah, y también, por supuesto, porque hay menos probabilidades de que te metan la mano, así de claro.

Cuando una chica se mete en el pogo ‘general’, tiene que estar al tanto de dos cosas. Una, naturalmente, sostener suficiente equilibro de fuerza sobre sus propias piernas y puños, por si te topas con un mastodonte con síndrome de karateka. Y dos -y esto no porque ocurra con frecuencia en los conciertos, sino por precaución, porque vivimos en una sociedad y un mundo machista, y la escena a veces no escapa de éste- hay que estar alerta y cuidar la retaguardia por si un salvaje sin autocontrol se atreve a rozarte.

Sostener el equilibrio y estar en alerta permanente. Cosas que una aprende en el camino, pero que sería mejor si no fuesen necesarias. Lamentablemente, lo son. Por ello, un pogo de chicas para muchas se puede sentir más seguro. Cuando, en realidad, deberíamos sentirnos seguras donde nos provoque estar.

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Por último, no son pocas las veces en las que he tomado un taxi sola para regresar a mi casa luego de un concierto. ¿He corrido el riesgo? Probablemente sí. ¿El truco? Lo de siempre: ir en el carro de un taxista con cara de abuelito, que da más confianza, o en un colectivo donde haya más mujeres que hombres, nunca quedarse dormida en el trayecto y hacer como si hablaras por teléfono con un familiar para que sepan que están al tanto de ti, o llamar de verdad. Aunque, felizmente, ahora hay más alternativas, como ir en taxis formales y seguros que solicitas desde una aplicación en tu celular, donde te sale la cara del conductor y puedes conocer la ruta por la que va, y así sentir que no te van a violar o robar en el camino.

Una vez paré un taxi y lo primero que me dijo fue: “¿cuántos más son?” Me pareció una pregunta rara, tal vez rara para mí que estoy acostumbrada a andar sola en la calle. Con tono obvio le dije: “solo una, solo yo”, que era la única persona. Me llevó a casa y llegué normal como siempre.

Pero me quedé pensando en lo raro que todavía se ve que una chica ande sola de noche, porque no se puede negar el peligro del acoso callejero al que una mujer está expuesta a cualquier hora del día y de la noche. Algo que no debería pasar.

¿Acaso no tenemos derecho a ocupar el espacio público a cualquier hora del día o de la noche, sin sentirnos amenazadas, sin tener miedo?

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Rockear en Lima como mujer, al fin, significa: aprender a ser libre escuchando música y yendo a conciertos en espacios que, por definición, son libres para todos, pero también deben serlo para todas.

Si asumes una identidad rockera, no de fin de semana, sino una que incluye música, estética e incluso una ideología para la vida, te enfrentas a los prejuicios sobre este género musical, aquellos que piensan que el viejo lema de ‘sexo, drogas y rocanrol’ sigue vigente y es peligroso para la moral de sociedad, cuando hoy el rocanrol ha cambiado tanto en estilos musicales como en conductas, y ha encauzado sus rebeldías.

Y si a esos prejuicios, le sumas que eres mujer, le agregas el hecho de que otros piensen que esa música ‘bulliciosa’ de lugares ‘subtes’ no son apropiados para señoritas, e incluso son poco seguros.

¿Y entonces qué hacemos? ¿Nos quedamos escuchando las baladitas en inglés o bailando la canción del momento por enésima vez solo por encajar en círculos sociales muy comoditos?

Pues, no. No nos da la gana. Entonces, tienes que apropiarte de esos espacios que también quieres que sean tuyos, porque nadie te los debería negar. Si quieres cantar, pues cantas y si lo haces bien pues continuas, y tarde o temprano te van a aplaudir. O en todo caso, eso debería pasar en el escenario más racional e ideal. Ya quisiéramos que por hacernos respetar se acabasen la mitad de nuestros problemas.

Que te puedas meter al pogo y vivir la adrenalina al máximo, mientras tanto desarrollas la habilidad de estar alerta para no acabar en el piso o de que te metan la mano. Después de unos cuantos pogos, ya estarías lo suficientemente entrenada, no es cosa del otro mundo. Y si no te convence, hagamos más pogos de chicas. Y a la salida, nos vamos juntas, o nos vamos solas, o no nos vamos.

Como queramos. Pero hagámoslo nosotras mismas, cual DIY, cual chica que rockea just like a woman.


Gráfica por Estefani Campana

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