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Conversamos con Gabriela Wiener sobre feminismo, literatura y feminismo en la literatura. 

En la foto, Gabriela Wiener es la única mujer. La escritora sale rodeada por un grupo de colegas peruanos, escritores famosos y prestigiados. Jeremías Gamboa, Santiago Roncagliolo, Alonso Cueto. En el centro, Mario Vargas Llosa abraza a Gabriela, quien sonríe acurrucada sobre el pecho del Nobel. Es un cuadro feliz. Todos aparecen con los labios arqueados por la risa, son como el grupo cool del salón, ese al que los demás no podemos pertenecer.

La imagen es del 2014, cuando a Gabriela Wiener aún no le preocupaba la escasa presencia de escritoras en la movida literaria peruana. «Yo esta foto la consideré un triunfo, como si hubiera entrado por fin al club exclusivo de los escritores de mi país» dijo en el texto que acompañaba la imagen, en una publicación de Facebook que hizo a inicios de octubre. Líneas más abajo, Gabriela hace algo así como «matar al padre» en público o matar, al menos, al padre literario.

La escritora explicaba por qué decidió no participar más en eventos culturales desiguales. Esos que niegan a las autoras al excluirlas de sus conversatorios, mesas, presentaciones. Participar en ellos ayuda a perpetuar, dice Gabriela, un statu quo donde solo el hombre, literal y literariamente, tiene la palabra.

Eventos así pasaban hace tres años, cuando tomaron la foto de la felicidad. Siguen pasando hoy, en 2017, cuando supuestamente el feminismo «está de moda». Pasó en la última Feria del Libro de Lima, en julio, donde las mujeres con las justas rozaron el 30% de participación. O en setiembre, en un congreso de columnistas en León, España, donde solo hubo cuatro mujeres entre los veintisiete  invitados iniciales. O en el anuncio de un encuentro de escritores colombianos en París, en octubre: de los diez invitados, todos hombres. ¿Qué toca hacer para revertir el ninguneo literario al que estamos confinadas? Esto fue lo que la autora de Sexografías nos respondió.

Eres tal vez la escritora peruana más mediática y conocida en el extranjero ¿Sientes que tienes una mayor responsabilidad? ¿Crees que puedes cumplir la función de una vocera, una representante? En todo caso ¿qué podrías hacer o ya haces con tu posición/exposición privilegiada?

Partamos de que ser una escritora y no un escritor es de natural poco privilegiado; también de que la literatura peruana no es una privilegiada al lado de otras literaturas del planeta, sin ir muy lejos de la producida en España, que es donde vivo y trabajo. Y tengamos en cuenta también que dedicarse a la literatura, a escribir libros, es para la mayoría de personas, salvo que seas Javier Marías, Pérez Reverte o Vargas Llosa, una opción nada cómoda, ni ventajosa. Tampoco ha sido cómodo ser una escritora chola, ni una escritora que también es periodista o que hace un género raro, habla de su cuerpo, de los cuerpos en primera persona. Haciendo estas salvedades, efectivamente tengo una serie de privilegios que ya has nombrado. Y desde ahí lo que hay que hacer es lo contrario: visibilizar las otras chambas, las excluidas, las que se quedan fuera. No puedo ser vocera de nada, ni representar a nadie. Pero sí trabajar en red con otres escritores. Creo que cada una se representa a sí misma, nada de “dar voz”, cada quien tiene su voz, lo que tenemos que hacer es escuchar las distintas voces que hay. Lo mejor que se puede hacer desde las posiciones de privilegio es callarse un poco la boquita.

¿Has visto a muchas escritoras de tu generación “quedarse en el camino”? 

Se me ocurren algunas. El otro día me escribió una chica, periodista, pero que trabaja en una agencia de publicidad. Me dijo que le frustraba leerme, porque le recordaba todo lo que ella no estaba escribiendo, porque le recordaba su falta de atrevimiento, esa inseguridad que hacía que no se animara a mostrar sus textos a nadie. Estaba convencida de que no era lo suficientemente buena y de que aun esforzándose en la escritura, eso a lo que había querido dedicarse desde niña, nunca le daría de comer, que siempre sería solo una afición. Había escrito y publicado cosas, y alguna gente le animaba a seguir, pero ella seguía pensando en el techo de cristal, en lo bajoneante que era esforzarse el doble para llegar a la media, en que no tenía amigos importantes o contactos. Pero también dijo que, después de leer un post que escribí sobre la falta de visibilidad de las mujeres en la cultura, se había sentido obligada a escribir, porque era necesario que haya más mujeres haciéndolo. Me dijo: “no me inspiraste tú, me inspiré yo”. Tenía toda la razón. Creo que desistir tiene que ver con justamente eso, con tener tanto en contra, con que desde nuestro lugar todo sea el doble de difícil, y con que los mensajes que nos mandan y nos mandamos siempre son negativos, porque el medio está diseñado al detalle para enseñar a las mujeres a desconfiar de sus capacidades.

¿Por qué tú continuaste y ellas no? ¿Tienes alguna hipótesis al respecto?

Quizá yo seguí solo porque me pegaron mucho y tuve muchísimas ganas de revancha, mucha ambición y otras cosas que se asocian a lo masculino; y, cuando por fin mostré de lo que era capaz, tuve la suerte de tener gente a mi alrededor que decidió apoyarme, confiar en mí. Esa “suerte” tiene un doble rasero. Durante años fui la única mujer en los entornos culturales o periodísticos en los que me movía.

Cuéntanos un poco sobre la aventura de sobrevivir en el mundo literario, dominado y poblado en su mayoría por hombres. ¿Tuviste que ceder en algún momento ante las presiones masculinas? ¿Alguna experiencia clave que te venga a la mente?

Tanto en Lima como en Barcelona, en mi grupo de amigos escritores, yo era la única mujer y ellos me leyeron, me respaldaron, me metieron en sus proyectos, me dieron trabajo, me pagaron, fueron mis embajadores. Lo hicieron porque me admiraban y me querían, y estaban bien colocados para hacerlo. No tuve que tirar con ninguno. Eso que nunca tuvo la chica que me escribió. Pero también muchas veces fui la cuota, solo la chica del grupo. En el mundo literario para que tu trabajo sea considerado bueno necesita ser legitimado por el canon, formado ampliamente por ellos o por los medios que los siguen o por instancias que los celebran, y que son sobre todo masculinas. Después de darte cuenta de eso, después de esa náusea, tienes que preguntarte si quieres seguir. Y de qué manera.

«En el mundo literario para que tu trabajo sea considerado bueno necesita ser legitimado por el canon, formado ampliamente por ellos o por los medios que los siguen o por instancias que los celebran, y que son sobre todo masculinas»

¿Cuál es la manera en la que tú quieres seguir?

He decidido no participar más en eventos en los que no haya una mínima paridad. Hay que decirlo en voz alta, preguntar a los organizadores, estar muy pendiente. La lucha por la visibilidad de las mujeres y de los colectivos diversxs es algo en lo que tenemos que comprometernos todxs, porque es un problema estructural, endémico. Todos los días aparecen anuncios de festivales, ferias y mesas en las que las escritoras van del 0 por ciento a un máximo de 30. Es agotador ser siempre una la pesada, la jodida que lo tiene que recordar. No es algo que se deba tratar a la ligera, poniendo el parche a última hora para que no te traten de macho. Creo que es poco lo que se está haciendo en cuanto a ceder sus espacios de privilegio y cuestionarse públicamente sus machismos, y aunque haya buenas intenciones en algunos no son suficientes para cambiar las cosas, sobre todo cuando tu apuesta final es por el statu quo. Parece que hay que hacer un motín en Twitter cada vez para que se den cuenta y ni con eso. Me apena que el activismo feminista de repente se tome como algo personal, como ataques particulares, cuando lo que se está combatiendo es una manera de hacer las cosas, unas inercias mentales, un sistema. Me entristece que sigan poniéndose otros intereses por encima de la igualdad.

Cuando se habla de la ausencia de escritoras, al menos aquí en Perú, cierto sector de “la crítica” tiende a meter en la discusión el tema de la meritocracia, del talento. Como si solo bastara escribir bien para ser leída. No noto esa misma referencia cuando se trata de escritores ¿Por qué será? (pregunta retórica, claro)

El canon piensa que, si al canon no le gusta cómo escribes, no mereces estar. El canon casualmente suele creer que solo escriben bien dos mujeres de diez. El canon está seguro de que en la lista de los mejores libros del año solo hay uno escrito por una mujer. El canon piensa que en toda la historia de la literatura peruana no hay ninguna escritora (o solo una) que se compare a sus escritores. El canon, por supuesto, no es un ente abstracto: son una serie de señores que dictan los gustos y juzgan la moral y la estética y la pertinencia y la potencia de todo lo que se hace en arte. ¿Cómo demonios va a haber más mujeres buenas en esto si hay una desigualdad trágica?

Una pregunta que es a la vez su respuesta.

La pregunta de por qué somos minoría en todo es la más vieja del mundo, pero recién hemos empezado a responderla. Apelar a estas alturas a la meritocracia y al factor del talento evita hablar de lo importante: que el sistema en el que funcionamos es patriarcal y excluyente, que se alimenta de sí mismo, que es dueño de los medios y de los recursos, y que invisibiliza a una gran cantidad de mujeres, porque necesita que esté copado por ellos para mantenerse. Lo mismo ocurre con la respuesta “nunca he pensado que el género sea un factor para juzgar la calidad literaria de algo, bla bla bla” (se lo he oído a gente inteligentísima), cuando sabemos quiénes dictan la calidad estética de las obras literarias, las editoriales que editan muchos más tíos, o los periódicos y críticos hombres que comentan esos libros.

Pero no todas las escritoras están de acuerdo con la existencia de esta desigualdad trágica que mencionaste.

Ayer leí un artículo publicado en El Cultural de El Mundo en el año 2007 sobre las cuotas literarias, en el que veinte escritoras y editoras debaten sobre la paridad en la literatura. Por supuesto, el artículo pintaba una distopía patética en la que se obligaba a editar tantos libros de hombres como de mujeres sin que importe la calidad, y en las universidades se obligara a leer más textos de mujeres o se impusieran las peligrosas cuotas en editoriales, librerías y agencias. Pues bien, en 2007, el 80 por ciento de mujeres entrevistadas pensaban que no hacía falta, que odiarían sentir que les regalan algo que ya es suyo, que no necesitan que nadie les garantice un derecho que ya ejercen, y que en el mundo de la cultura no hay discriminación. Almudena Grandes decía que el único camino a la igualdad era el talento y que ya unas pocas autoras clarividentes garantizaban la representación femenina. Lola Beccaria decía que era victimismo disfrazado de feminismo que busca premios, invitaciones y publicaciones. Yo creo que hace unos años muy pocas éramos capaces de ver más allá de nuestras narices.

«Estamos hasta el cuello de libros de mierda escritos por tíos, con ellos no hay esta demanda de excelencia. Y, cuando son best sellers, Isabel Allende produce basura pero Pérez Reverte la gran novela de aventura. No me friegues»

Hay más hombres en todo, hay más hombres incluso en la “mala literatura”.

Como bien dices, estamos hasta el cuello de libros de mierda escritos por tíos, con ellos no hay esta demanda de excelencia. Y, cuando son best sellers, Isabel Allende produce basura pero Pérez Reverte la gran novela de aventura. No me friegues. Mientras, aún un coro de voces –no solo de hombres– tienen como excusa que no hay más mujeres con talento, “porque Dios así lo quiso porque Dios también es hombre”, supongo. Mientras dicen eso con gran seguridad, siguen copando la mayor parte de los espacios. Y lo que nos dicen es: “mira, como lo logró Almudena Grandes, tú también puedes y, si no puedes, es porque no quieres o no te tocó en gracia, porque no trabajaste lo suficiente, porque no creíste en ti, cobarde”. Aplicarnos a las mujeres lo de la igualdad de oportunidades es el mismo timo capitalista. Cuéntame mejor una de vaqueros. Por eso, estamos revolucionadas.

Te fuiste a España, eso leí en una entrevista, porque sentías que aquí en Lima te ninguneaban como escritora, ni siquiera eras considerada como una por “la crítica”. Teniendo en cuenta que la situación de las mujeres y las trans en la literatura peruana no ha variado significativamente desde la época de tu partida ¿Qué nos queda a quienes queremos dedicarnos a la escritura en este país? ¿Migrar? ¿Resistir? ¿Combatir? ¿Unirnos y ladrar? ¿Comando Plath?

No me fui por eso, porque ni siquiera era escritora en esos momentos. Lo del ninguneo ocurrió cuando empecé a publicar mis libros. Me fui sin demasiada idea, desencantada porque me puteaban en la prensa, me hacían trabajar sin contrato o sin pagarme. Y es cierto que, si ahora es muy difícil plantearse vivir del periodismo y la literatura, en esa época ser un “escritor profesional”, o lo que sea que signifique eso, era impensable. Ahora con el cambio de paradigma, la crisis del libro no es local o peruana, es global. Los adelantos son bastante menores y las esperas largas. Sin embargo, ahora hay más plata aquí y de alguna manera la proliferación de editoriales independientes ha empujado a las grandes a ponerse acorde con los tiempos, a renovar sus catálogos, a buscar autores nuevos, todo en su rollo competitivo, claro. Creo que el movimiento feminista, por otro lado, está logrando grandes cosas en sus demandas de paridad. Están presionando y las editoriales locales ya no se pueden quedar atrás respecto a editoriales de México, Colombia o Argentina, que promueven a sus escritoras. Si no, hacen roche.

¿El roche ha traído consecuencias positivas?

Creo que basta ver cómo desde el año pasado ya hay escritoras peruanas en los grandes grupos. Nadie nos está haciendo un favor, nos lo hemos ganado. ¿Qué escritora publicaba antes en Alfaguara Perú? Giovanna Pollarolo y para de contar. Por eso, hay que seguir exigiendo espacios e igualdad. Sin descuidar a nuestras independientes, que dan vida a esto. No es una mala época para las escritoras en el Perú. Me atrevería a decir que es la mejor que hemos vivido. Van a salir grandes cosas de aquí o mejores. Claro que tenemos derecho a publicar, a recibir anticipos, a que nuestro libro sea bien distribuido y, por eso, más leído, a vivir de nuestro trabajo, a tener bolos pagados en festivales, a ganar premios, a hacer todo el circuito del autor publicado y reseñado, a estar en el negocio si nos da la gana. Y también tenemos todo el derecho a no querer hacerlo e ir por libre, por los márgenes o en el off de las ferias. Pero tiene que ser algo elegido, no impuesto. De todos los purismos, el peor es el literario, es de pitucazos. Hay que okupar. Lemebel publicaba en Random House. Tenemos que comer y dar de comer. Para todo lo demás no existe Mastercard, sino Sarita Cartonera y los blogs. Y no los descarto, esto es agotador. Aunque la verdad cada vez tengo más ganas de hacerme un Bellatin, borrarme y reaparecer varias veces. Un día con una editorial grande, otro día con una pequeña, conmigo misma, con todos, con nadie.

A propósito de Comando Plath: muchas escritoras peruanas se han sumado al movimiento. Victoria Guerrero es la cabeza más visible por ser una de las principales propulsoras, pero también he visto muy seguido a Irma del Águila, a Claudia Salazar, a Marcela Robles, tú también ¿Cuán necesarios y útiles son estos espacios de sororidad en el ámbito creativo, donde “consagradas” y “principiantes” se hablan de tú a tú?

Todo viene de la impresionante experiencia de Ni una menos. Vimos cómo se convirtió en un altavoz de las demandas de las mujeres. Comando Plath sale directamente de allí; aunque escribamos o hagamos cosas culturetas, lo principal es luchar contra el machismo en nuestras vidas. Los grupos cerrados no mixtos ahora cumplen un papel clave. Salvo en los colegios de monjas, nos hemos pasado la vida en espacios mixtos donde muchas veces nuestra voz no se escuchaba, donde reinaba el mansplaning, donde además de ningunearnos se nos acosaba. Esto pasa también frecuentemente en las redes sociales. Por eso, la necesidad de reunirnos entre nosotras. Un espacio como el Comando Plath sirve para visibilizar estos problemas y articular acciones críticas, confrontaciones, es pura política cotidiana y también es un lugar de cierta horizontalidad. Ahora, es el mundo real, con sus problemas, no es perfecto, ni una comuna de mujeres lo es. Lo de la sororidad entre escritoras es básico, en las redes se nota todo, si trabajas solo para ti o también para el común. Es una utopía pensar que vas a ser sorora todo el rato con todas, me encanta cuando nos cuidamos, pero está claro que a veces también nos tratamos mal.

A pesar de que me declaro feminista, a veces más bien me siento una “machista en rehabilitación”. Cuando me entero de alguna escritora nueva que está destacando averiguo su edad y si resulta que es menor que yo me siento un poco triste. Un caso reciente que recuerdo es el de Emma Cline. Por supuesto, no me pasa algo similar con los hombres ¿Tú también sigues sintiéndote más competitiva con las escritoras como lo contaste en Llamada Perdida? 

Sí, es bien machista, está bien que te veas así porque a las mujeres también nos atraviesa el machismo (hay que estar mirándoselo todo el rato), y me da una vergüenza horrorosa sentirlo, y como todo lo que me da una vergüenza horrorosa ya lo he escrito. Y de hecho es uno de los temas de los que hablo en Dicen de mí con Leila Guerriero, una cronista mucho más experimentada, talentosa y exitosa que yo, a quien admiro y con la que competía secreta y ardientemente hasta que empecé a hacer política y a luchar contra sentimientos de este tipo. Hay seres celestiales que no sienten celos, ni compiten con sus congéneres, ni envidian y tampoco son machistas. Yo, por supuesto, envidio a esos seres.

Dicen de mí, tu último libro, un híbrido entre testimonio, entrevista, reportaje, retrato, slam de colegio (esto último no lo digo despectivamente) ¿Dolió escribirlo? 

Slam de colegio, nadie lo había dicho hasta ahora. Me encanta porque es verdad, mi libro se parece más a un slam de colegio que a cualquier otra cosa en la vida. La diferencia es que he pedido a todos que sean niños crueles, que sean lo más crudos posibles, lo menos hipócritas y les he hecho las preguntas que siempre me habían quemado dentro. Claro que me dolió este libro, duelen que te digan tus verdades aunque tú las hayas solicitado. Me dolió sobre todo la última entrevista, que no es una entrevista, sino la crónica de una entrevista imposible de hacer, la que le propuse a una ex pareja que me mandó al hospital de un puñetazo hace muchos años. Volver a estar en contacto con él para ello y creer que podía ser una oportunidad para que reflexionáramos juntos sobre el machismo fue una ingenuidad de mi parte. Me acusó de querer usarlo para mi cruzada feminista talibana y esas pendejadas. Qué pena que él no se usara a sí mismo para nada bueno.

Entonces cambio un poco la pregunta ¿siempre te duele escribir? 

Me duele escribir siempre, me duele empezar, avanzar, me duele hasta cierto momento, el proceso me recuerda a la vez que hice el Camino Inca. Durante dos días todo es subir y sufrir, incluso hay momentos de desesperación, de asfixia, de querer abandonar, pero ya no puedes porque tampoco es buena idea retroceder. Lo increíble ocurre cuando llegas al punto más alto de dolor y a partir de ahí, los otros dos días de camino que te quedan todo fluye, porque en ese esfuerzo monumental llega esa mierda llamada inspiración y, entonces, ya te sientes fuerte, y todo es bajar, disfrutar, llegar a Machu Picchu. No sé, igual es una comparación tonta.

¿Estás consciente de que Dicen de mí es un libro que solo alguien como tú logra publicar y conseguir con él acogida? O sea, eres un personaje, Gabi, a la gente le importa lo que dices y escribes ¿Cuánto trabajas en ese supuesto personaje, en tu narrativa personal?

Sí, tuve muchas dudas con Dicen de mí. En realidad, si te pones a pensar, este libro es otra pieza de mi proyecto en el que doy un paso más pidiendo a los otros que me escriban. Puedes concluir que se trata de mí, alguien construido de pedazos diversos; o de que es un personaje inventado por mí y por muchos. ¿No somos todos un poco eso, personajes? Creo que también es un libro para gente que ya lee mis libros, no es uno para empezar a leerme. Pero no creas que me queda tan claro qué le importa a la gente. En realidad, con cada libro siempre me ha perseguido el fantasma de la irrelevancia por escribir sobre mí. A quién le importa la vida de esta señorita es el comentario habitual de mi troll promedio. Es difícil persistir en algo sobre lo que mucha gente tiene prejuicios, pero ahí vamos. Una vez unos célebres escritores me dijeron en una fiesta que por qué si escribía tan bien no escribía sobre otras cosas, no sé, más importantes, supongo que se referían a cosas que les importan a ellos. Lo peor es que hasta lo leí como un elogio y pensé que tenían razón, que debía cambiar de tema, lo pasé mal, llegué a planteármelo. Menos mal que llegó el feminismo plenamente a mi vida. El feminismo me ha permitido darme cuenta de que mis temas importan, de que lo personal es relevante, es político, es literario.

«El feminismo me ha permitido darme cuenta de que mis temas importan, de que lo personal es relevante, es político, es literario»

 


Gráfica por Estefani Campana

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